Mini Relato

DE MAL EDUCADO A AGRADABLE

oranzova-obloha,-jazero,-horizont-198111     Sus pasos retumbaron en la sala como un viento en primavera que anuncia un huracán. Quienes esperaban en aquella inmobiliaria, la mañana del viernes, giraron sus cabezas para ver de quién se trataba. Pues el palo golpeando el suelo hizo un ruido molesto que rompió por completo el monótono silencio que estaba acompañado con el lejano sonido de un teclado que se movía apresuradamente…
En la entrada, un hombre con el cabello completamente blanco y una barba del mismo color en el mentón, se acercaba como podía al único puesto que se encontraba atendiendo. Sus muletas debajo de sus hombros ayudaban a que sus piernas recuperen fuerza y equilibrio. Decidió no sacar número para ser atendido como los demás, ni siquiera se molestó en sentarse y descansar un rato, en cuanto vio que el puesto en el que estaban atendiendo se desocupó no esperó a que llamen a nadie más; se sentó antes de que alguien tenga tiempo a protestar. La mujer que atendía tampoco dijo nada, se limitó a servirse un poco de café (de una cafetera último modelo) y encender una pequeña radio.
-Todos tenemos que hacer tramites- murmuró una señora de avanzada edad que tenía el número 23, justo el que tendrían que haber llamado si el hombre no se colaba.
-Para qué ponen números si no los van a respetar- se animó a decir otra mujer que tenía un bebe en sus brazos y lo mecía por todos lados para que no llore.
El silencio del principio se rompió como cristales hecho añicos. Cada vez más murmullos, cada vez más quejas.
Cuando por fin se levantó el hombre todas las miradas se posaron en él. Tomó sus muletas y se dirigió nuevamente hacia la salida, sin embargo su respiración pausada y en voz alta demostraban lo mucho que le dificultaba esta tarea. Todos hicieron silencio nuevamente y la mujer con el número correspondiente tampoco esperó a que la llamen, apurada se sentó en el puesto de trámites y entregó su número a la empleada…
Sus pasos retumbaron en la sala como un viento en primavera que anuncia un huracán. Quienes esperaban en aquella inmobiliaria, asustados, giraron sus cabezas para ver de quién se trataba. Pues el palo golpeando el suelo hizo un ruido ensordecedor que rompió por completo el monótono silencio que estaba acompañado con el lejano sonido de un teclado que se movía apresuradamente. El hombre con muletas se había caído al suelo. Enojado y frustrado revoleó sus muletas logrando que una de ellas se rompa.
– Desde el martes que estoy viniendo acá. ¡Y esta hija de puta no me soluciona nada!- Exclamó mientras lo ayudaban a que se levante.
Como si no fuese obvio lo que le pasó, se acercó otra empleada a preguntarle qué fue lo que sucedió. –Me caí, porque tengo que ir hasta la esquina a sacar fotocopias- Le respondió este de mal humor.
-Es que aquí no tenemos fotocopiadora señor- Le respondió ella un tanto angustiada, mientras se tomaba su café de la cafetera último modelo. Y de repente la señora con el número 23, esa bendita señora con el número 23 que tan apurada estaba y se quejaba porque no la atendían, se ofreció a ir ella a sacarle las malditas fotocopias. Y todos los que estaban en la sala se ofrecieron a buscar los tornillos de las muletas.
De golpe, aquel hombre mal educado que se cola en las filas y no pide permiso para nada, pasó a ser el pobre hombre mayor que apenas puede caminar y que aun así tiene que venir a hacer trámites sólo… La pregunta realmente importante era ¿Tenían que verlo así para ponerse en el lugar de él?
Sus pasos retumbaron en la sala como un viento en primavera que anuncia un huracán. Un huracán que pudo solucionar sus trámites por fin ese día y que, con un poco de suerte, nunca más volvió.

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